ninos calle

Un 'niño de la calle'.

Educación, Opinión, Solidaridad

Apadrinamientos de ‘niños de la calle’

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Siempre lo son para todo niño o niña. En algunas circunstancias, más aún. ¡Llegó el cumpleaños de Albertito y se sintió colmado de abrazos, felicitaciones, cariño, velas, aplausos y chocolate, además de un balón y la camiseta de su equipo favorito. Allí estaban papá, mamá y sus padrinos. ¡¡Albertito fue feliz!! Cerremos los ojos y representémonos interiormente todas las imágenes de su fiesta

Al día siguiente, tranquilamente en casa, con los ojos bien abiertos y nuestra mente despierta, visionemos una película muy distinta y muy real. No desconozcamos que hay millones de niños cuyo infortunio es haber llegado a un mundo descarnado, a alguno de los peores lugares de la Tierra donde ser niño; pero allí nacieron.  En una de las últimas estimaciones que hizo Naciones Unidas, se afirmó que había casi 150 millones de niños de la calle, que viven y trabajan en ella. Ello significa vivir la soledad con todo lo que conlleva: miedo, violencia, hambre, abusos, adicciones, a veces muerte. Han llegado a esa situación a partir de variadas formas y circunstancias, todas durísimas.

Transcribo literalmente, de cartas o revistas de misiones, ONGs y fundaciones: «Llamemos N a un niño de Angola que contaba a los misioneros que lo recogieron que su padre había muerto siendo aún él muy pequeño; que algo después su madre se volvió a casar y que él escuchó al padrastro decir a su madre: me caso contigo, no con tus hijos. Al poco, comenzaron malos tratos, nada de cuidados ni cariño. Se marchó. Destino: la calle.

Otro ejemplo: niño nacido en la India. Cuenta que su madre falleció cuando él era muy pequeño; su padre no quiso hacerse cargo; con 6 años se vio solo en el mundo; para sobrevivir pedía comida por las calles; encontró a otros chicos como él, con los que estar y jugar; cuenta que por las noches esnifaban pegamento y gasolina.

Dramas cotidianos

Son historias que se dan en India, Kenia, Angola, Etiopía, Chad, Ecuador, Paraguay… W también fue niño de la calle. Cuando tuvo la suerte de ser recogido y escolarizado y tenía confianza, contó así su tragedia: «Con menos de 7 años, mi madre me dijo que la esperara en la esquina porque iba a hacer un recado y ahora volvería. Pasa el tiempo y ella no llega. Tenía hambre y sed, me cansé y me senté en el suelo. Empezaron a recoger los puestos del mercado y cerraron. Mi madre no llega y se hace de noche y sigo en la esquina, solo, hambriento y con miedo. No sabía qué hacer ni adonde ir… me quedé en la calle». ¡Casos terribles!

Desgraciadamente, aún empeoró la situación con la llegada de la temible pandemia, plaga comparable con las 10 históricas de Egipto. Estamos inmersos en ella, conocemos los estragos que está produciendo y, para infortunio de ellos, quienes más la padecen son los más débiles (en todos los sentidos que abarca esta palabra). Conocidas son sus dañinas y ruinosas consecuencias. Pero no nos alargaremos en su comentario. De sobra nos informan cada día. 

Volvamos entonces al encabezamiento del artículo. Está en nuestras manos, situación, conciencia o actitud, el poder poner algo de remedio a estados extremos de sufrimiento. Es fácil conseguirlo si nos hacemos padrino o madrina de algún niño o niña que ha sufrido el terrible abandono. Basta con que nos pongamos en contacto con instituciones de probada eficiencia y veamos sus proyectos. Por facilitar algo la búsqueda, ofrecemos algunos ejemplos: Unicef, Fundación Vicente Ferrer, Manos Unidas, Misiones Salesianas, Save the Children, Oxfam Intermón… También se puede recabar información en Cáritas, parroquias o consultar páginas de internet. Con muy poco esfuerzo, podemos lograr enormes beneficios para esos pobres niños. Nunca olvidemos la felicidad que aporta ayudar a los demás.  ¡Apadrina, amadrina! Da nueva vida a un niño o niña de la calle. Añade un nombre a tu historia personal. Te sentirás orgulloso de ti mismo.


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